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San Carlos de Bariloche, enero de 1944.
El féretro con los restos de Francisco Pascasio Moreno está en el centro cívico junto al pie del monumento a Julio Argentino Roca. Como si el ex presidente rindiera un último homenaje al mejor defensor de los límites que la Patria tuvo.
Todo Bariloche, pueblo chico en esos años, está en respetuoso silencio junto al ataúd cubierto por la bandera Argentina.
La banda comenzó a tocar el himno, los militares hicieron la venia y el resto del público cantó con fuerza, con su mano derecha en el corazón.
Varios personajes del gobierno (1944) dijeron palabras alusivas, aunque pocos de ellos lo habían conocido.
68 años después de haber pisado por primera vez ese lugar, el Perito Moreno volvía a orillas del Nahuel Huapi y finalmente, recibía el homenaje que siempre había merecido.
Miembros de las comunidades aborígenes pusieron los ponchos de Sayhueque, Catriel y Pincen sobre el féretro y lo acompañaron hasta el muelle cercano para embarcarlo junto a una comitiva en el “Modesta Victoria” que lo llevaría hasta su última morada.
Partió el barco y el pueblo lo despidió con 21 cañonazos. Navegó hacia el Sur y cerca de aquel viejo ciprés, donde él había sido tomado prisionero, viró hacia el Oeste por un largo y angosto fiordo que se internaba en la cordillera. El Perito conocía muy bien ese lugar.
Sus restos fueron desembarcados en un islote en el que se había construído un sobrio mausoleo. Allí bajaron el ataúd, lo colocaron en su lugar y lo cubrieron con una laja. Mientras dos hombres sellaban las juntas, un sacerdote leyó el Evangelio. Al terminar, se hizo la señal de la Cruz y todos los presentes lo imitaron en silencio, fue entonces cuando seis rifleros dispararon al aire y cientos de pájaros levantaron vuelo.
Con tristeza, todos se subieron al Modesta Victoria.
Cuando el motor lo empezó a llevar de vuelta a Bariloche, el Capitán hizo sonar tres veces la bocina saludando al Perito.
Así fue como Don Francisco quedó solo en esa isla junto al límite con Chile, que desde entonces se llama “Isla Centinela” y por donde cada vez que pasa una embarcación, saluda con tres bocinazos rindiendo honores al gran “Perito Moreno”.
Este pequeño fragmento de la historia de un gran argentino, nos sirve para reflexionar sobre su contexto real histórico y la cancelación que el relato hace de ellos, usando los hechos a su conveniencia privandonos de la belleza y la virtud que hay en nuestro pasado.
Hoy son tratados como verdaderos genocidas, tanto Roca, Moreno y los hombres de esos años que forjaron este país que heredamos, injuriados por fabuladores que inventan un relato y nos tratan como si todos fuéramos ignorantes y cobardes.
No tienen en cuenta que la iniciativa (década del 40), en el ejército y el gobierno, ya estaba en poder de Juan Perón, al que tanto citan como prócer, mientras se empeñan en la demolición de todo lo que nos legaron hombres como el Perito Moreno, el presidente Roca y esa generación de organizadores de nuestra Patria.
Notable cómo en San Carlos de Bariloche y la Argentina de hoy se dejan adoctrinar por la agenda que arruina los monumentos y le falta el respeto a los protagonistas verdaderos.
El perito murió en la pobreza, solo, enfermo y olvidado en una pensión.
El estado argentino nunca le pagó la totalidad de sus sueldos como perito de límites, a pesar de haber defendido y recuperado miles de kilómetros de territorio para el país.
No debemos ser simples espectadores de la injusticia, hagamos nuestro trabajo porque hoy avanza la ocupación y ya aparecen “enclaves”.
Cocodrilo que se duerme es cartera.
Juan Martín Perkins

