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El maíz alimenta a la humanidad. No es metáfora: es el principal precursor de toda proteína animal del planeta, con más de 1.100 millones de toneladas producidas por año. El mundo come maíz aunque no lo sepa.
En ese negocio, Argentina es cuarto productor mundial y tercero en exportaciones. No está mal para un país que hace décadas discute si puede pagar sus deudas.
Los que saben del tema —agrónomos, economistas del sector, productores— dicen algo que debería estar en todos los diarios: la producción se puede duplicar. En un futuro cercano, pero con decisiones correctas.
Ahí es donde la historia se pone incómoda.
Porque los Estados Nacional, Provinciales y Municipales tienen dos caras frente al campo. Una habla de desarrollo, de potencial, de inserción en el mundo. La otra mira la caja y aplica retenciones que le ponen un techo a cada tonelada que sale del puerto.
No es nuevo. Tampoco es inocente.
Cuando un sector puede rendir el doble y no lo hace, vale la pena preguntarse quién se beneficia con ese freno. El productor que no siembra lo que podría sembrar no es el único que pierde. Pierden las economías regionales, el empleo, las divisas que el país mendiga en cada negociación externa.
La paradoja es brutal: necesitamos dólares pero se desincentiva producirlos.
El futuro no está en las tierras privilegiadas donde se produce, sino en los escritorios en los que se toman las decisiones.
Fuente: CampoInfo

