La licenciatura en todología

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Hay un diploma para el que nadie estudió pero que muchos exhiben. No figura en ninguna universidad, no tiene currícula, no exige tesis ni examen final. Se obtiene, al parecer, con una boleta electoral: basta ganar una elección para egresar, automáticamente, con el título de experto en todo.

El Intendente que nunca manejó en la tierra explica cómo se arreglan los caminos rurales. El funcionario que jamás pisó un consultorio de un hospital diseña la salud pública. El dirigente que nunca patrulló un barrio de noche enseña cómo combatir la inseguridad. Y lo hace con la porfia de quien no tiene dudas, dirigiéndose a quienes sí las tienen porque conviven con el problema todos los días.

El que gestiona le explica al que hace. Al productor que recorre esos caminos rurales cada día, que sabe exactamente dónde se forma el bache después de la lluvia y qué alcantarilla nunca funcionó, se le baja una línea escrita en un escritorio. Al médico que atiende la guardia, que ve de cerca lo que falta en insumos, en camas, en turnos, se le impone un protocolo pensado por alguien que no volvió a pisar un hospital desde la inauguración. Al policía que sale a la calle sabiendo que puede no volver, se le entrega un manual redactado por alguien que jamás sintió esa incertidumbre.

No es un problema de mala fe, necesariamente. Es un problema de método. La política, en su versión más soberbia, no pregunta: dicta. Confunde haber sido votado con haber sido iluminado. Y ahí está el error: una elección da representación, no sabiduría. Da legitimidad para decidir, no conocimiento automático de cada oficio, cada rutina, cada urgencia que existe en la sociedad que se gobierna.

¿No sería más simple, más honesto y sin dudas más eficaz, que las políticas públicas nacieran de una conversación real con quienes sufren el problema, con quienes trabajan en él, con quienes pelean contra él y con quienes, pese a todo, encuentran la forma de salir adelante cada día? El camino rural se diseña mejor si se pregunta al que lo transita. La salud pública se ordena mejor si se escucha al que la sostiene con turnos extenuantes. La seguridad se planifica mejor si se toma en cuenta al que la enfrenta cuerpo a cuerpo.

Esto no es un pedido de que el técnico reemplace al político, ni de que cada decisión se resuelva por asamblea de afectados. La función de gobernar existe porque hace falta alguien que mire el conjunto, que equilibre recursos escasos entre demandas infinitas, que asuma costos políticos que ningún sector quiere pagar solo. Ese rol tiene sentido y no lo puede cumplir cualquiera. El problema no es que exista la decisión política: es cuando esa decisión se toma de espaldas a quien vive el problema, como si la experiencia de campo fuera un dato menor frente al diagnóstico de escritorio.

Escuchar primero no es debilidad ni populismo barato. Es, simplemente, la diferencia entre gestionar sobre la realidad o gestionar sobre una idea que se tiene de la realidad. Y esa diferencia, tarde o temprano, la paga el mismo productor, el mismo médico, el mismo policía que todos los días sostienen con su trabajo lo que la soberbia, desde arriba, cree haber resuelto con una firma. Y lo peor, la factura final es para el vecino que sufre en carne propia esa soberbia de dedos levantados y oídos cerrados.

Nadie es licenciado en todología. Y cuanto antes se lo reconozca, mejor gobernada estará la sociedad.

Fuente: CampoInfo

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