Lo previsible no es un imponderable

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Cada vez que un río se desborda y una ciudad queda bajo el agua, aparece la misma frase en la boca de algún funcionario: «fue algo imprevisible», «nos agarró de sorpresa», «nadie podía anticiparlo». La frase es cómoda y también es falsa.

Hoy, los organismos meteorológicos de la región vienen advirtiendo desde hace meses sobre la llegada de un nuevo evento de El Niño hacia fines de 2026. El Servicio Meteorológico Nacional argentino elevó sus estimaciones de probabilidad mes a mes —del 60% al 90% en apenas unas semanas—, y la Organización Meteorológica Mundial coincide en que las condiciones oceánicas del Pacífico ya muestran la firma clásica del fenómeno. Los especialistas recuerdan, además, que los episodios más intensos de las últimas décadas, los de 1982-1983 y 1997-1998, dejaron inundaciones severas en las cuencas de los ríos Paraná, Paraguay y Uruguay. No es una intuición ni un rumor: es un pronóstico con meses de anticipación, publicado, actualizado y de acceso público.

Ese es precisamente el punto que conviene subrayar antes de que empiece la temporada de lluvias: el aviso llegó a tiempo. No estamos frente a un terremoto, que no se puede predecir con precisión ni con horas de anticipación. Estamos frente a un fenómeno climático de desarrollo lento, monitoreado por satélites, boyas oceánicas y modelos climáticos que se actualizan cada mes. Cuando El Niño se instala, se sabe casi con certeza qué regiones van a recibir lluvias por encima de lo normal, qué cuencas van a crecer y qué barrios, calles, caminos y rutas van a quedar comprometidos. Esa información no es nueva: se repite pronóstico tras pronóstico, evento tras evento.

Y sin embargo, año tras año, el guion se repite: se anuncia el fenómeno, se publican los mapas de riesgo, los especialistas piden reforzar los sistemas de alerta temprana y la coordinación entre Nación, provincias y municipios, y las obras de infraestructura —limpieza de desagües, retención hídrica, refuerzo de defensas, adecuación de la red vial— quedan, en el mejor de los casos, a mitad de camino. Cuando llega la inundación, la sorpresa que se declara públicamente no es sorpresa: es la consecuencia de una decisión, tomada con tiempo de sobra, de no invertir en prevención.

Los propios especialistas lo vienen diciendo con una claridad que debería incomodar a cualquier gestor público: la diferencia entre una catástrofe y una crisis manejable no la define el fenómeno climático en sí, sino la preparación previa. El agua que sube es un dato de la naturaleza. Las zonas que se inundan, los caminos que se cortan, son en gran medida un dato de la gestión.

Esta distinción importa porque cambia por completo la pregunta que la sociedad debería hacerle a sus intendentes y gobernadores cuando llegue el agua. No hay que preguntar «¿por qué no lo vieron venir?», porque sí lo vieron venir: lo dijeron los pronósticos, lo repitieron los medios, lo advirtieron los propios organismos oficiales. La pregunta correcta es otra: con meses de anticipación y con la probabilidad de un evento fuerte confirmada desde el otoño, ¿qué se hizo con ese tiempo? ¿Se limpiaron los desagües? ¿Se reforzaron los terraplenes? ¿Se alteraron caminos, y pusieron tubos para asegurar la producción? ¿Se destinó el presupuesto a lo que correspondía, o se lo destinó, una vez más, a otra cosa?

Lo que se puede prever nunca puede ser un imponderable. Un imponderable es, por definición, aquello que escapa a todo cálculo posible: lo verdaderamente azaroso, lo que ningún instrumento ni ningún modelo puede anticipar. El Niño no entra en esa categoría. Entra en la categoría de los riesgos conocidos, medidos, publicados con meses de antelación y discutidos en cada informe estacional. Llamarlo «imponderable» después de la inundación no es un error de vocabulario: es una forma de correr el cuerpo, de trasladar a la naturaleza una responsabilidad que es, en realidad, administrativa.

La próxima vez que un funcionario diga que «nadie lo esperaba», vale la pena volver a los pronósticos que circulaban meses antes. Ahí va a estar, con fecha y organismo firmante, la advertencia que se ignoró. Prever no es evitar el desastre por sí solo. Pero sí saca del funcionario la posibilidad de esconderse detrás de la palabra «inevitable

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