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Desde 1912 el pecio del Titanic está bajo 3.800 metros de agua helada del Atlántico norte.
Todos creemos que conocemos la “historia” del naufragio más famoso del siglo 20, pero ¿cuánto hay de historia y cuánto de “relato” en la versión de Cameron?
En diciembre de 1997, se estrenó la película “Titanic” de James Cameron que se convirtió en la historia oficial. Fue la película más cara hasta el momento y se convirtió en un suceso mundial como nunca antes se había visto en la taquilla. Arrasó con 13 nominaciones para los Oscars y obtuvo 11 estatuillas del santuario progre hollywoodiano.
Cameron se jacta de su obsesión por el rigor histórico, pero en Titanic olvidó su obsesión.
La historia es el conjunto de hechos y sucesos que ocurren en orden de tiempo, en cambio el relato, es la forma o el discurso que se usa para contar la interpretación que alguien hace de los mismos hechos, en su beneficio sin importar si se sigue el orden.
Está más que claro que James Cameron hizo su propio relato sin tener en cuenta, ni siquiera, el registro de los testimonios de los 706 sobrevivientes que rescató del mar el RMS Carpathia.
Obviamente, un cineasta no es un historiador, pero Cameron se jacta de serlo y su versión de la historia se vale de agregados dramáticos cinematográficos que influyeron sobre la memoria y el honor de mucha gente afectando la vida de sus familias, como por ejemplo, el caso de William McMaster Murdoch, primer oficial del RMS Titanic y oficial al mando en el puente la noche del choque con el iceberg.
Cameron necesitó villanos para su relato y se valió de Murdoch para pintarlo en “Titanic” como un miserable cobarde que aceptó sobornos por lugares en los botes salvavidas, le disparó con su arma a un pasajero y luego se suicidó. Todo mentira.
Los registros de testimonios de sobrevivientes afirmaron que actuó como un héroe intentando salvar a la gente y muriendo en el hundimiento cumpliendo con su deber hasta el final, pero Cameron precisaba un villano, como también una historia de amor, entonces inventó a Jack Dawson y a Rose DeWitt Bukater, el muchachito inmigrante trabajador que viajaba en tercera y enamoraba a la princesita de la cubierta de primera clase.
La lucha de clases nunca falla, así que en el relato progre del canadiense se demoniza a la clase alta con varias imágenes donde se puede ver como se encierra a los pasajeros de las cubiertas inferiores para que no reclamen su lugar en los botes, todo de manual.
Vuelvo a la diferencia entre historia y relato ¿se imaginan la angustia de los descendientes de Murdoch y la de los demás personajes históricos de carne y hueso que Cameron deshonró impunemente para hacer una película que devino en la “historia oficial”?
Piensen ahora en nuestra “historia oficial”, ese relato manipulador del pacto entre Kirchner-Verbitsky-Foreing Office y la justicia, para crear la industria del juicio y las indemnizaciones con la excusa de los DDHH que no tuvieron el operativo independencia y la guerra de Malvinas.
Los relatos modelan la historia a la medida y conveniencia del PODER sin tener en cuenta la verdad y los testimonios reales de “sobrevivientes reales”.
El Malevo Ferreyra lo dijo ante las cámaras antes de volarse la cabeza en su finca de Tucuman. “Al enemigo le puedo dejar mi cuerpo, pero nunca tendrá mi alma”
A Cameron no le importó faltar a la verdad en nombre del arte, acá tampoco importa la injusticia para soldados presos con 20 años de mazmorra, porque el relato precisa villanos.
No importa nada, total, la taquilla convalida… y la mentira, el rencor y la venganza ganan el Oscar todos los años..
No es gratis, este pecado es lo que nos hace inviables.

