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Con El Niño instalado y las primeras alertas climáticas, volvió a sonar la misma música en varios municipios: reasignación de partidas. Bajo la urgencia de financiar obras hídricas a toda prisa, los concejos deliberantes y los ejecutivos comunales echan mano a los fondos de la tasa vial. La maniobra se vende como un acto de pragmatismo frente a la emergencia, pero oculta un descalabro estructural que ya es costumbre: los fondos hídricos no están y las tasas se gastan en cualquier cosa menos en lo que dice la ordenanza.
Conviene no perder de vista lo elemental para no comprar el eufemismo. El contribuyente que paga la tasa vial está abonando una contraprestación directa para que las máquinas pasen, las alcantarillas se reparen y los caminos rurales no se transformen en un pantano. Es un contrato simple. Si el municipio necesita dinero para canalizar o limpiar cursos de agua, para eso existen (o deberían existir) las partidas específicas y los impuestos provinciales y nacionales de afectación hídrica.
Echar mano a la caja de los caminos cuando el agua amenaza desnuda dos deficiencias simultáneas. Por un lado, evidencia que la prevención hídrica falló o que esos recursos terminaron absorbidos por el pozo negro del gasto corriente durante los años de sequía. Por el otro, pretende emparchar esa desidia desvistiendo a otro santo: los caminos, que sufren el impacto directo del exceso de lluvia, se quedarán sin mantenimiento justo cuando más lo necesitan.
Si un frentista contrata a una persona para cortar el césped y al volver se encuentra con el pasto igual de alto pero la vereda barrida, el reclamo es inmediato. En el ámbito privado se llama incumplimiento y estafa. En la administración pública, en cambio, la burocracia maquilla la falta con términos técnicos: «readecuación presupuestaria», «uso flexible» o «compensación de partidas».
Nadie niega que una emergencia exige respuestas rápidas. Lo que resulta inaceptable es que la crisis sea la excusa perpetua para desviar recursos. Gobernar también es respetar el destino de los fondos públicos. Si cada vez que llueve el dinero de los caminos se evapora en los despachos, el problema ya no es solamente el clima: también es la gestión.
Fuente; CampoInfo

