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Eduardo Casey, un estanciero argentino hijo de irlandeses nacido en Lobos, de viaje por París en 1891, presenció un espectáculo del coronel William Cody, más conocido como “Buffalo Bill”, donde se podían ver jinetes de todo el mundo luciendo sus habilidades.
Había pieles rojas, cowboys, cosacos, mejicanos, árabes, marroquíes y australianos que hacían maravillas circenses sobre sus caballos dejando atónito al público.
Don Eduardo Casey saludó a Buffalo Bill, lo felicitó por el espectáculo y le preguntó por qué no contaban con la presencia de los gauchos de la pampa argentina.
Buffalo Bill le reconoció con pena la ausencia gaucha y la atribuyó a los costos demasiado onerosos para traer caballos y jinetes desde tan lejos y por tan larga temporada.
No se hable más, interrumpió Casey, “para el año próximo en Londres, cuente con nuestros 10 mejores gauchos montados en los mejores caballos por mi cuenta”.
Así fue como al año siguiente, don Ismael Palacios, hombre de confianza de Eduardo Casey y virtual jefe de un grupo de 10 gauchos de “Curamalán”, la estancia paradigma de la época, desembarcaron junto a los fletes argentinos en Inglaterra, para deleite de todos los amantes del caballo en Europa.
Después de un mes de navegación, fueron recibidos en Londres por el cónsul y el propio Buffalo Bill. Caminaron por las calles de la capital del imperio de botas de potro, chiripá, corralera, poncho y sombrero requintado. ¿Te lo imaginás?
Don Ismael Palacios, ya muy viejito en 1937, le dio una nota a la revista “El Hogar” donde contó sus memorias sobre el circo de Buffalo Bill, donde tanto fue el éxito que tuvieron que la mismísima reina Victoria los convocó al castillo de Windsor para conocerlos.
La reina de Inglaterra nos ha parecido una viejita cualquiera, declaró Palacios al periodista.
La emoción más fuerte que experimentaron los gauchos durante la estadía, fue la visita a Manuelita Rosas, que vivía en Inglaterra desde 1852.
Cuando ella se enteró de la presencia de los gauchos argentinos los invitó a su chacra de Southampton, donde su padre había muerto 14 años antes.
“Fue el día más triste que vivimos en Inglaterra” contó don Ismael Palacios.
Dice en el reportaje que la chacra quedaba a tres cuadras de la estación y se entraba por un portoncito agachado entre un cerco de ligustro donde, al fondo, había una casa igualita a las de las estancias viejas del pago en Buenos Aires. A un costado había un rancho con ganas de caerse y un palenque trepado por los yuyos…
Había tal abandono que ni siquiera ladró un perro, cuenta Palacios.
En el corredor adornado por algunas prendas gauchas, los aguardaba doña Manuelita, vestía luto y tenía una pálida cara de pena. Los bucles de su pelo plateaban desparramados sobre una jorobita que los años le habían levantado en la espalda.
En cuanto nos vio, cuenta don Ismael Palacios, salió a nuestro encuentro y se nos quedó mirando como si intentara reconocernos. Sonreía con lágrimas en los ojos y quería hablarnos, pero los labios se le llenaban de muecas… hasta que nos abrazó fuerte, mientras repetía ¡mis gauchos, mis gauchos!
Nos sirvió el té y luego, al despedirnos, nos preguntó ¿alguno de ustedes ha cruzado alguna vez por la estancia “Los Cerrillos”? Todos nos miramos y dijimos que no con la cabeza, entonces ella, con voz lerda emocionada, nos contó que su padre había sido hombre muy de a caballo, como los mejores… y sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas.
Siempre me pregunté porqué Rosas se exilió y murió en Southampton y San Martín en Boulogne Sur Mer si tanto amaron a su patria. No me lo he podido responder con honestidad.
A poco tiempo del viaje de los gauchos de Curamalán, una crisis obligó a don Eduardo Casey a desprenderse de los campos y estos pasaron a manos de Baring Brothers.
No me digan que esta no es una historia bien argentina.

