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Recomiendo un artículo de Carlos Manfroni sobre “El Silencio” en La Nación.
Hay todo tipo de silencios, los hay muy indignos y vergonzantes, yo prefiero los otros.
En “Segunda Fila”, de Felix Luna, hay una lista de personajes olvidados que también hicieron historia, entre ellos el paisano mensajero Cabituna.
Felix Luna le dedica una mención muy importante también en otro libro “Soy Roca”, que si bien es una historia novelada, el autor afirmó que el gaucho Cabituna es un personaje verdadero y ajustado al rigor histórico.
La historia cuenta que el gaucho Cabituna apareció en el campamento donde, el entonces Coronel Julio Argentino Roca y sus tropas, se alistaban para la batalla de Santa Rosa en Mendoza, en la que luego derrotaron a José Miguel Arredondo.
Eran tiempos del presidente Sarmiento y se producía la revolución mitrista.
El joven Cabituna se presentó en la guardia bien vestido, bien aperado y montado en un magnífico zaino colorado luego de galopar 20 horas para entregar un mensaje de Francisco Civit, gobernador de Mendoza.
Roca recibió el parte y estaba por despedir al gaucho cuando uno de los civiles mendocinos que lo acompañaban le plantó la duda de que el gaucho Cabituna fuera un espía de Arredondo, para saber la cantidad de tropas con las que contaba Roca.
Otros civiles y militares se sumaron a la sospecha porque el zaino colorado permanecía fresco y entero después de galopar 20 horas a campo traviesa.
La inocuidad del mensaje y el aspecto de Cabituna daba para sospechar.
Alguien aportó la idea de sacrificar al colorado para comprobar si había comido en las últimas horas.
Obsesionado por la responsabilidad del inminente combate, Roca no prestó mucha atención a los alegatos y dejándose llevar por las intrigas de sus colaboradores, ordenó que lo fusilaran.
El soldado Cabituna no perdió la compostura. Mientras lo amarraban para llevarlo, cruzó la mirada con Roca y se limitó a decir: Matan a un hombre inocente.
No discutió, no dio detalles de su misión, no hizo su descargo.
Sin rabia ni soberbia, en silencio, no suplicó ni con los ojos. Prefirió dejarse matar y salvar la vida del colorado antes que abdicar de su dignidad criolla.
Y resultó que Cabituna era inocente. Habiendo vencido Roca en Santa Rosa, tuvo la confirmación del propio gobernador sobre su mensajero el gaucho Cabituna.
Nunca olvidó Roca su fatal error por confundir una confesión de culpabilidad con el señorial silencio criollo de Cabituna que eligió morir antes de dar el espectáculo de mendigar clemencia por un delito que no había cometido.
Arrepentido por la única sentencia de muerte que firmó, se ocupó de indemnizar a la familia del gaucho y de darle una pensión de por vida a la viuda.
Ya sabemos la historia, después de Santa Rosa Roca fue ascendido a General.
De existir relato K en aquellos tiempos, el “genocida” no habría llegado a ser el mejor presidente de la historia argentina, la patagonia sería chilena, Tierra del Fuego todavía tendría bandera británica y aún habría presos en campo de mayo por el fusilamiento del chasqui Cabituna.
Vuelvo a recomendar el artículo de Manfroni sobre los “silencios”. Sirve para medir la estatura de los hombres y para entender porque los pigmeos de ahora quitan el nombre de Avellaneda o Mitre de los carteles de las calles para poner a Kirchner o Alfonsín.
Hay muchos tipos de silencios, muchos son cobardes y vergonzantes, a mi me gusta el silencio del soldado Cabituna, el silencio de los hombres dignos que hablan por sus actos.

