El voto no alcanza

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Cada tanto alguien repite la misma queja: «los gobiernos no representan a la sociedad». Y tiene razón, pero muy a medias. Ningún gobierno, por más votos que reúna, puede ser un espejo perfecto de un pueblo diverso, contradictorio y cambiante. Esa distancia siempre va a existir. La pregunta que deberíamos hacernos es qué hacemos con esa distancia una vez que la marcamos.

La respuesta habitual es votar y después esperar. Se delega el poder cada dos o cuatro años y, mientras tanto, el ciudadano se corre de escena hasta la próxima elección. Ahí aparece la costumbre más cómoda de todas: la crítica de sobremesa digital. Se escribe en redes con una vehemencia que no se traduce en ningún otro gesto. No hay reclamo formal, no hay participación en una organización, no hay una carta documento, no hay presencia en una audiencia pública. Hay bronca tipeada, que dura lo que dura el scroll.

El problema no es exclusivo de quienes gobiernan. Alcanza también a los sindicatos, las cámaras empresariales, los colegios profesionales, las organizaciones intermedias: todas esas entidades que deberían canalizar demandas concretas y terminan, muchas veces, funcionando como una estructura más, alejada de las bases que dicen representar. El ciudadano de a pie tampoco exige demasiado ahí. Se afilia, si se afilia, y después no vuelve a preguntar en qué se usó su cuota o qué gestión hizo esa entidad en su nombre.

La calidad de una democracia no se mide solamente por la prolijidad de sus instituciones. Se mide, sobre todo, por el nivel de exigencia de quienes la habitan. Un ciudadano que solo vota y después mira desde afuera está renunciando a la parte más difícil, pero también más eficaz, del contrato: controlar, pedir explicaciones, denunciar cuando corresponde, participar en los espacios donde las decisiones realmente se cocinan. Eso no ocurre en un tuit. Ocurre en una asamblea, en un pedido de información pública, en una organización que se sostiene con presencia real y no solo con enojo de mesa de café.

Mejorar el sistema no depende únicamente de una reforma electoral o de una nueva generación de dirigentes. Depende, en buena medida, de que cada uno revise el tamaño de su propio compromiso. Un país no cambia de calidad institucional si sus ciudadanos no cambian de calidad como tales. Gobierno, oposición y entidades intermedias terminan siendo, tarde o temprano, un reflejo de lo que la sociedad está dispuesta a exigirse a sí misma.

Fuente: Campoinfo

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