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El éxodo juvenil rural y del interior en general no es un fenómeno inevitable. Es, en gran parte, el resultado de décadas de políticas públicas que miraron para otro lado. Municipios sin inversión en educación superior, sin polos productivos que generen empleo calificado, sin conectividad digital real, sin espacios culturales o deportivos que retengan a los jóvenes: todo eso empuja, en silencio, a que las nuevas generaciones vean su propio pueblo como un lugar de paso y no como un lugar de proyecto de vida.
El problema no es solo la falta de recursos —muchas veces reales—, sino la falta de voluntad. Es más fácil para una gestión municipal cortar una cinta que planificar a diez años. Es más rentable políticamente el anuncio de corto plazo que la inversión estructural en universidades regionales, incubadoras de empleo joven, transporte público eficiente o vivienda accesible para que una familia joven pueda arraigarse.
Y acá la paradoja pesa más todavía: la riqueza que genera esa tierra no siempre vuelve al pueblo que la produce. Las divisas se cuentan en los puertos y en las estadísticas nacionales, pero rara vez se traducen en universidades, hospitales de calidad o polos de empleo joven en el pueblo de origen. El campo exporta grano; y ese mismo interior, jóvenes.
Mientras tanto, los pueblos envejecen. Los que se quedan son, muchas veces, quienes no tuvieron la posibilidad de irse, no quienes eligieron quedarse.
Cuando un pueblo pierde a sus jóvenes, no pierde solo mano de obra. Pierde ideas, pierde relevo generacional en los oficios, en la política local, en las instituciones. Pierde la posibilidad de reinventarse. Un pueblo sin jóvenes es un pueblo que se administra, pero que no se proyecta.
Revertir el desarraigo es posible.
No hay una sola receta, pero sí ejes que aparecen una y otra vez en las experiencias que funcionan: acceso real a la educación terciaria y universitaria sin migrar, incentivos concretos para el arraigo productivo (créditos, tierra, infraestructura), conectividad de calidad que permita trabajar remoto sin salir del pueblo, y una agenda cultural y recreativa que haga del pueblo un lugar deseable para vivir, no solo para nacer.
Retener a los jóvenes no es un slogan de campaña. Es una decisión política que exige planificación, inversión sostenida y, sobre todo, la voluntad de pensar el pueblo a largo plazo. La alternativa ya la conocemos: pueblos que sobreviven, pero no viven.
Porque no hay contradicción más grande que esta: que la tierra que alimenta a un país y sostiene sus exportaciones no pueda alimentar el futuro de quienes nacieron sobre ella.
Fuente: CampoInfo

