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El debate sobre las retenciones volvió a instalarse en la agenda pública. Y esta vez, algo parece diferente: empieza a gestarse un nuevo consenso emergente, transversal, que cruza sectores productivos, académicos y técnicos. La conclusión es cada vez más unánime — este impuesto no tiene defensa posible.
Las retenciones a las exportaciones no son simplemente una herramienta fiscal incómoda. Son, en esencia, una forma de expropiación. No la expropiación clásica del marxismo ortodoxo, aquella que se apodera de los medios de producción y que la historia demostró conduce inevitablemente al colapso productivo. Esta es más sofisticada, y por eso más peligrosa: deja las maquinarias, la tierra y el riesgo empresario en manos del productor, pero le confisca la renta. El Estado cobra sin sembrar, sin invertir, sin arriesgar.
El resultado es el mismo: desincentivo a producir, estancamiento y fuga de inversiones.
Argentina no está sola en esta práctica, pero la compañía no es precisamente envidiable. Solo un puñado de países en el mundo aplica retenciones a sus exportaciones: Indonesia, Rusia, Kazajistán, Uzbekistán, Costa de Marfil, Tanzania, Guinea, Camboya, Irán, Camerún, Uganda y Hungría. Economías mayormente frágiles y con instituciones débiles.
Pero incluso dentro de ese grupo selecto de lo que no debe hacerse, Argentina ostenta el lugar más incómodo: es el país donde las retenciones representan el mayor porcentaje dentro de la recaudación impositiva total. No hay otro caso igual en el mundo. Es, literalmente, un caso de estudio sobre cómo destruir competitividad desde el Estado.
El impacto no es teórico. Durante los años en que las retenciones estuvieron vigentes con plena intensidad, las exportaciones argentinas crecieron a un ritmo muy inferior al de sus vecinos. Brasil y Chile más que duplicaron la tasa de crecimiento exportador de Argentina en el mismo período. Mientras tanto, en la década anterior, cuando no existían estos impuestos, las ventas externas argentinas crecían más rápido que las de la región.
La correlación es clara. La causalidad, difícil de negar.
Argentina tiene ante sí una oportunidad histórica. El nuevo consenso que se construye alrededor de las retenciones no es un capricho sectorial ni un reclamo corporativo — es el resultado de décadas de evidencia acumulada, de comparaciones internacionales brutalmente desfavorables y de un diagnóstico que ya no admite grietas ideológicas.
Las retenciones son el símbolo más concreto de un Estado que confunde recaudar con gobernar, y castigar la producción con distribuir riqueza. Un impuesto que nació como solución de emergencia y se volvió vicio permanente. Que prometía equidad y generó pobreza. Que se aplicó en nombre del pueblo y empobreció las provincias que producen.
La respuesta correcta no es reducirlas, escalonarlas ni compensarlas. Es eliminarlas.
Los países que lideran el comercio mundial no las aplican. Los que las aplican no lideran nada. Esa es la lección que Argentina todavía se niega a terminar de aprender
Fuente: Campoinfo

