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Una de las críticas más recurrentes hacia los gobiernos, tanto locales como provinciales y nacional, es su tendencia a reaccionar siempre tarde. Las agendas públicas parecen construirse a golpe de urgencias: un desastre natural, una crisis sanitaria, un conflicto social, una corrida cambiaria. Solo entonces los temas alcanzan el centro del debate político, los titulares y la acción estatal.
El problema es estructural. La política, atrapada en los tiempos cortos del calendario electoral y en la presión mediática, se dedica a apagar incendios en lugar de diseñar estrategias de prevención. Un ejemplo cercano es el manejo de las inundaciones: cada vez que una zona colapsa por lluvias intensas, se anuncian planes de obras hidráulicas y se prometen soluciones definitivas. Sin embargo, cuando la emergencia pasa, el tema desaparece de la agenda hasta el próximo desastre.
Hoy el noroeste bonaerense muestra imágenes desoladoras. Productores desesperados que una vez más pierden todo. Y entonces como por arte de magia vuelven a ser importantes los comités de Cuenca que se reclamaron hasta el hartazgo ante los oídos sordos de la política en la sequia. Los planes Maestros de obras se desempolvan como píldoras tranquilizantes de un sector productivo harto de promesas y de incumplimientos. Los fondos que religiosamente pagó siempre el sector duermen un sueño eterno en cuentas financieras donde su utilidad no es ni cerca de la idea original. Y así cada crisis: la política saca su manual de acciones que ni siquiera lo son: porque es sabido que ante la inundación rezar para los creyentes o mirar el cielo en su caso es lo único posible. Son más bien actuaciones como para que no se note la absoluta falta de gestión que hubo cuando las máquinas efectivamente deberían haber trabajado.
Y por favor, por respeto a la inteligencia y sobre todo la paciencia no empiecen con sus coros de siempre descargando culpas en los opositores políticos de turno. Todos sin excepción tienen su cuota de responsabilidad y tratar de esquivarla es la comprobación de que están dispuestos a repetir esta conducta para siempre: buscar culpables en lugar de buscar soluciones. El mal que nos harta a los ciudadanos de la mala política y nos espanta cada elección un poquito más de ejercer nuestro deber y derecho de ir a elegir porque cada vez les creemos menos. El jueguito peligroso que practican con la democracia nos sale demasiado caro, asuman responsabilidades y dejen de tratar curar de palabra.
El costo de estos gobiernos reactivos es altísimo: recursos malgastados, oportunidades desperdiciadas, productores fundidos. Un país que actúa únicamente en la emergencia está condenado a repetir el ciclo de improvisación y fracaso en loop. La prevención rara vez da votos inmediatos, pero es la única manera de construir en el largo plazo.
Los gobiernos que logren romper con este patrón tendrán una ventaja estratégica. No se trata de negar la importancia de reaccionar ante una crisis —algo inevitable y necesario—, sino de que esa reacción se complemente con políticas de planificación, evaluación y continuidad. Un Estado que piensa antes de que duela, en vez de correr detrás de los problemas, no solo administra mejor: también demuestra verdadera vocación de futuro.
Fuente: CampoInfo

