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Hay declaraciones que, más que aportar soluciones, revelan desde qué lugar se observa la realidad.
Cuando un intendente como Zurro plantea que va a llamar al Presidente para hablar de los problemas del país, puede parecer un gesto institucional. Pero si detrás de ese planteo existe una actitud mezquina —esperar que al Gobierno nacional le vaya mal para demostrar que se tenía razón—, la política queda reducida a una disputa demasiado pequeña frente a la magnitud de los problemas que atravesamos.
Porque una cosa es cuestionar al Gobierno —algo necesario cuando sus decisiones perjudican a quienes más necesitan respuestas— y otra muy distinta es convertir el fracaso del otro en una expectativa política.
El fracaso de un gobierno no representa el éxito de sus adversarios: representa el fracaso del país.
La Argentina merece algo más.
No merece regresar a un pasado que nos llevó al precipicio, pero tampoco quedar atrapada en un presente que, en nombre de determinadas urgencias, termina golpeando con especial dureza a los sectores más vulnerables.
No se puede sostener el superávit fiscal sobre el hambre y la sed de los argentinos. Tampoco sobre las obras que no se ejecutan, el abandono de la obra pública y la paralización de proyectos capaces de generar trabajo, desarrollo y oportunidades en cada comunidad.
Esto no exime de responsabilidades a nadie.
También debemos señalar que el desastroso gobierno de la provincia de Buenos Aires ha demostrado demasiadas veces una preocupante incapacidad para resolver los problemas concretos de los bonaerenses. No alcanza con criticar al Gobierno nacional si, al mismo tiempo, no se revisan las decisiones propias ni se reconocen los propios fracasos.
Entre esos dos extremos tiene que existir otra alternativa.
Y hay que construirla.
Un proyecto de país que tenga como horizonte el desarrollo, la producción, el trabajo y la justicia social. Que sea capaz de ordenar lo que sea necesario sin dejar a nadie en el camino. Que no necesite que al otro le vaya mal para sentirse reivindicado.
Quizás allí se encuentre la diferencia entre ejercer una oposición responsable y practicar el mero “oposicionismo”.
Porque cuando se tiene una responsabilidad institucional, la mirada debe estar mucho más alta que la conveniencia política del momento.
No necesitamos dirigentes esperando que el otro fracase.
Necesitamos dirigentes capaces de construir mientras los demás siguen discutiendo quién tiene la culpa.
Ese es el camino que todavía nos debemos.

