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Como todo hijo de familia unida y numerosa, me crié oyendo los cuentos de mi padre.
En casa tuvimos una especie de “Gran Pez” muy fantástico, al que no siempre comprendí cuando era joven.
Como en la película de Tim Burton, ahora de grande y sin papá, me toca confirmar aquellas historias tantas veces increíbles.
Esta semana anduve recorriendo los caminos de tierra de Laprida, Olavarría, Tornquist, Pringles, Puan, Pigüé, Guaminí y Coronel Suárez.
Comí costillar a la Cruz y chivito en pulperías históricas de tiempos de malones y fortines.
Tengo una gran habilidad y es la de saber elegir muy bien las amistades que me acompañan a cada momento.
En este viaje por las pampas y serranías del sudoeste bonaerense fuimos acompañados por nuestros amigos, hijos de una leyenda del deporte argentino.
Voy a contarte una historia que no ha sido publicada nunca en ninguno de los tantos reportajes dados por sus protagonistas.
Resulta que en la vuelta de Olavarría, por aquellos años en los que se corría por caminos de la siempre precaria red vial rural, un domingo de los años 50 y pico, las cupecitas de los hermanos Juan y Oscar Galvez corrían entre las polvaredas contra la otra dupla de hermanos Dante y Torcuato Emiliozzi y otros destacados pilotos como Marcos Ciani, Eusebio Marsilla, Domingo Marimón y Carlos Menditeguy entre otros.
Ford y Chevrolet ya se sacaban chispas en la categoría más popular de la Argentina desde que Colón descubrió América.
Me cuenta la hija de uno de los protagonistas de esta historia que su padre recorrió con su avión el camino que harían los autos en carrera y luego aterrizó en un lote aledaño para comer un asado con amigos. Programa bien del TC. Una vez asegurado el avión con sogas y estacas apareció por la ruta oficial, ya cortada al público, un Mercedes Benz blanco descapotable que se detuvo frente a el avión y luego ingresó al campo por la tranquera de acceso.
Saludó amablemente, se quitó los guantes y preguntó de quién era el avión.
El papá de mi amiga levantó la mano, se acercó al señor e inmediatamente lo reconoció.
El señor era Juan Manuel Fangio, ya ex campeón de Turismo Carretera en la Argentina y quíntuple campeón del mundo en la Fórmula 1.
El chueco en persona, solo, en su auto particular disfrutando de un día de campo junto a la afición automovilística, le pidió al papá de mi amiga, un joven de 25 años, si le podía hacer la temeraria gauchada de llevarlo a sobrevolar la carrera…
Y despegaron los dos entre las cuevas y en medio de la polvareda, dejando el Mercedes Benz blanco al cuidado de los gauchos de Coronel Suárez.
Así se conocieron el Chueco Fangio y Juancarlitos, dos leyendas del deporte argentino, admiradores de todas las disciplinas deportivas, practicantes de la humildad, el perfil bajo y destacados por su señorío y caballerosidad.
Contó Juan Carlos Harriot, ganador luego de 20 abiertos de Palermo y para muchos el mejor jugador de todos los tiempos, incluído el crack Cambiaso, que aquella tarde, volando junto al chueco, le contó sus sueños deportivos y Fangio le contestó: “Trabaja para ser el mejor, pero nunca te la creas”.
En una frase corta, Fangio resumió el principio que guió y definió la personalidad deportiva del gran campeón de la cancha y de la vida que fue Juancarlitos.
Tuve el privilegio de conocer al señor Juan Carlos Harriot y hoy tengo el honor de ser amigo de su yerno y su hija, es por eso que tengo mejores cuentos que mi viejo.
Soy “El Gran Pez”

