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Hay una diferencia profunda entre la ética y la estética.
La ética habla de principios. La estética, de apariencias.
La ética pregunta por las convicciones. La estética se conforma con los efectos.
En estos días se ha intentado presentar como un acontecimiento político relevante la decisión
de un concejal de abandonar el bloque por el que llegó al Concejo Deliberante. Sin embargo,
tal vez el hecho sea bastante menos importante que la intención que lo rodea.
Porque los nombres propios son circunstanciales.
Cuando una pieza puede ser reemplazada por cualquier otra, la noticia no es la pieza. La
noticia es quien mueve las piezas.
La explicación elegida para justificar la decisión tampoco ayuda demasiado. Se nos dice que las
personas que alguna vez lo acercaron al radicalismo ya no están.
Es un argumento llamativo.
Porque los partidos políticos no son grupos de amigos ni sociedades de afecto. Nadie adhiere a
una fuerza política por una persona solamente. O, al menos, no debería hacerlo.
Si las convicciones desaparecen cuando desaparecen determinados dirigentes, entonces nunca
fueron convicciones.
Si la pertenencia termina cuando terminan ciertas relaciones personales, entonces nunca fue
verdadera pertenencia.
Y allí aparece la diferencia entre ética y estética.
La ética permanece cuando cambian los nombres.
La estética necesita cambiar permanentemente de escenario.
Por eso cuesta creer que estemos frente a una decisión individual. Resulta más razonable
interpretarla como parte de una estrategia largamente anunciada: demostrar capacidad de
daño para exhibir capacidad de construcción; mostrar fracturas como si fueran conquistas;
exhibir rupturas como si fueran trofeos.
Es una vieja práctica política.
Primero se promete romper.
Después se rompe.
Finalmente se muestran los fragmentos como prueba de poder.
Cada uno sabrá dónde ubicarse.
Del lado de las convicciones o de las conveniencias.
Del lado de la ética o del lado de la estética

