¿Defender el pasado o construir el futuro?

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Las economías que progresan de manera sostenida suelen tener una característica común: concentran recursos en los sectores donde son realmente competitivas a nivel internacional. En cambio, las que intentan sostener artificialmente actividades que no pueden competir terminan atrapadas en un ciclo de subsidios, baja productividad y escaso crecimiento.

La lógica económica detrás de esto es simple. Los recursos de un país —capital, talento, infraestructura, crédito público— son limitados. Cuando se destinan de forma permanente a sostener sectores muy deficitarios, esos recursos dejan de invertirse en actividades que sí podrían generar divisas, innovación y empleo de calidad. El resultado es una economía que gasta energía en sostener el pasado en lugar de construir el futuro.

Un caso muy citado es el de Nueva Zelanda. Hasta mediados de los años ochenta su economía estaba fuertemente basada en subsidios agrícolas y en un sistema de protección estatal muy extendido. Cuando el Reino Unido ingresó a la Comunidad Económica Europea en 1973, el país perdió su principal mercado preferencial y quedó expuesto a la competencia global. La reacción fue profunda: en 1984 el gobierno eliminó la mayoría de los subsidios agrícolas y obligó al sector a competir en el mercado internacional.

El resultado inicial fue duro. Muchas explotaciones desaparecieron y hubo una reconversión significativa. Pero en pocos años ocurrió algo más importante: el sector agropecuario se volvió uno de los más eficientes del mundo. Los productores comenzaron a innovar, diversificar y orientarse a nichos de alto valor. Hoy Nueva Zelanda es una potencia exportadora en productos lácteos, carne y tecnología agropecuaria, con empresas líderes como Fonterra, una de las mayores cooperativas lácteas del planeta.

Otro ejemplo interesante es Corea del Sur. En los años sesenta era un país pobre y agrícola. En lugar de dispersar subsidios para sostener sectores ineficientes, el Estado decidió impulsar estratégicamente industrias con potencial competitivo global: electrónica, automóviles y construcción naval. Ese apoyo no fue un subsidio permanente sino una política de exigencia exportadora. Las empresas que recibían apoyo estatal debían demostrar competitividad en mercados internacionales.

De esa estrategia surgieron conglomerados industriales como Samsung, Hyundai o LG, que hoy compiten a escala global. El país pasó de exportar productos básicos a liderar sectores de alta tecnología.

La diferencia entre apoyar sectores competitivos y subsidiar sectores deficitarios es profunda. En el primer caso, el Estado invierte para potenciar ventajas reales y generar crecimiento. En el segundo, se limita a financiar pérdidas para evitar conflictos o sostener estructuras productivas obsoletas.

Esto no significa abandonar a los sectores que quedan rezagados. La política pública debe enfocarse en facilitar la transición: capacitación laboral, reconversión productiva e inversión en innovación. Lo que no suele ser sostenible es perpetuar un esquema donde la competitividad se reemplaza por subsidios permanentes.

En un mundo cada vez más integrado, los países que prosperan no son los que protegen indefinidamente lo que ya no funciona. Son los que identifican dónde pueden competir y concentran allí su energía, su capital y su estrategia de desarrollo.

En economía, como en cualquier proceso de cambio, la clave no es defender el pasado, sino construir el próximo motor del crecimiento.

Fuente:CampoInfo

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