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Época de conversaciones al costado de una pileta, en la playa o la montaña. Y la pregunta este fin de semana fue: ¿Por qué hay cosas que tienen mucho consenso en la sociedad y sin embargo no se ve una reacción proporcional?.
Por enumerar algunos temas de los que hemos hablado desde esta columna: hay consenso en que la mayoría de las tasas son una estafa. Estamos de acuerdo en que la red vial rural es demasiado importante como para que siga administrada, reparada y «mejorada» como hoy. No hay discusión que tasas como la del combustible, supermercados y otras tantas ni siquiera deberían ser legales. Y podríamos seguir acordando sobre muchos temas. Sin embargo del otro lado seguimos pagando esas tasas sin demasiadas quejas, no hay volumen de reclamos judiciales acordes sobre la legalidad de muchas de ellas, seguimos circulando por caminos rurales intransitables. ¿Y entonces?
Vaclav Havel fue un escritor y político checo, de una inteligencia y valor con quien que tal vez la historia aún no haya hecho justicia en colocarlo en el lugar que se merece. Fundamentalmente fue alguien que le puso el cuerpo a lo que escribía y decía, al punto de que fue el último presidente de Checoslovaquia y el primero de República Checa (Revolución de Terciopelo de por medio). Entre sus libros hay un ensayo político que casi fue una hoja de ruta de su accionar en aquellos años muy movidos. Se llama «El poder de los sin poder», donde Václav Havel explica algo simple pero profundo:
muchas imposiciones de los gobiernos no se mantienen solo por la fuerza, sino porque la gente común colabora sin darse cuenta.
Havel pone un ejemplo claro: un comerciante cuelga un cartel político con una consigna en la que ni siquiera cree, solamente lo hace para no tener problemas. No lo hace por convicción, sino por miedo o costumbre. Con ese gesto pequeño, y multiplicado por miles, ayuda a que el sistema siga funcionando.
La idea central es que el poder de cualquier imposición injusta existe porque muchas personas aceptan mentir y fingir todos los días.
La salida que propone Havel no es una revolución violenta. Es algo mucho más básico: decir la verdad y actuar de forma coherente, aunque sea en cosas pequeñas. No fingir apoyo, no repetir lo que no se cree.
Cuando una persona deja de vivir en la mentira, el sistema se debilita, porque queda en evidencia que se sostiene solamente sobre apariencias y no en convicciones ni consensos.
El “poder de los sin poder” está ahí: en la capacidad de la gente común de cambiar las cosas dejando de sostener la mentira con sus actos diarios.
En éste tiempo que nos toca vivir de un mundo convulsionado, donde los analistas discuten sobre los cambios que nos rodean, tal vez sea bueno cambiar la mirada y darla vuelta: tal vez no sea una época de cambios sino un cambio de época en la que también en las pequeñas cosas de todos los días, los «sin poder» podamos empoderarnos definitivamente para poner nuestros límites donde estamos de acuerdo que deben ponerse.
Fuente: CampoInfo

