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Pero antes de que ese mundo allá afuera se pueda alinear y darnos ese plus, hacia adentro quedan muchas cosas que parecen no terminar de entenderse y es indispensable que sobre todo quienes gobiernan lo hagan.
La principal es la enorme diferencia de los Estados socios de un sector y aquellos que parasitan a ese sector.
Un Estado socio por ejemplo entiende que el campo no es solo una fuente para extraer recursos fiscales sino un motor de desarrollo de toda una economía regional.
Son Estados que en todos sus niveles deben comprender que cada peso invertido en logística e infraestructura reduce costos estructurales y mejora competitividad exportadora. Que la estabilidad normativa es esencial porque la política cambia cada cuatro años pero el productor invierte a diez.
Que debe diseñarse un sistema fiscal e impositivo razonable. Claro que el campo puede pagar impuestos y tasas, pero no puede financiar a Estados gigantes enteros.
Que el campo no es sólo producción: es población, arraigo y economías regionales que crecen.
Nunca será negocio para nadie, ni siquiera los Estados (Nacionales, Provinciales y Municipales) ver al sector como una caja recaudatoria rápida. Tampoco la desinversión en infraestructura, por recaudar en el interior productivo pero solo gastar en centros urbanos «donde hay más votos».
En conclusión: un Estado inteligente no ordeña a la vaca hasta matarla. La cuida, la alimenta y la hace producir más.
Y más allá de que el mundo pueda alinearse y mirarnos de mejor manera, hay que recordar que las oportunidades no desaparecen: simplemente cambian de dueño.
Fuente: CampoInfo

