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Carmen y Martín Miguel

Publicado en junio 17th, 2018 | por jose rodolfo

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LA CARMEN Y MI GENERAL

Al cruzar el río Arias encontró a una de sus partidas y les dijo: “Vengo herido”
Con el mayor cuidado, sus gauchos, lo bajaron de su cabalgadura y lo acostaron  en una camilla improvisada con ramas del monte y ponchos.
Lo llevaron por el camino del Chamical hacia su finca de La Cruz.
Al amanecer, después de una noche oscura y dramática, pararon en un rancho donde los atendieron y alimentaron.
No podían creer lo que estaba pasando, que el general estuviera postrado y ensangrentado. ¡El General Güemes era inmortal!
Decidieron no ir a La Cruz, donde sus enemigos podrían fácilmente encontrarlo, y se internaron en el monte de la Quebrada del Indio, llegaron hasta la Cañada de La Horqueta donde hicieron campamento.
Lo que siguió fue un largo calvario.
Los cerros y la selva los cobijaron y brindaron seguridad.
Lo acompañaron algunos hombres de la escolta, los pocos que no se dispersaron o fueron heridos por las fuerzas realistas.
Entre ellos, el teniente coronel Eusebio Mollinedo, el capitán Rivadeneira, los tenientes Moreira, Margallo, Yanzi y Gallinato y algunos paisanos. Todos gauchos fieles como ovejas sin pastor.
A medida que la noticia se expandía, seguía arrimándose el gauchaje con devoción. Le han dado al general en las casas de la Macacha corría la noticia como reguero de pólvora..
El 10 de Junio, ni lerdo ni perezoso, entró Olañeta a Salta con el grueso de su ejército y asumió el cargo de gobernador. Encontró un pueblo cansado y confundido sin su líder.
Güemes estaba herido, pero su autoridad intacta. Olañeta intentó negociar enviando un delegado, sin saber la gravedad de las heridas del general. En la cabeza de nadie cabía la naturaleza mortal de Guemes.
Después de escuchar la propuesta, Güemes, que no quería deber su propia vida a los enemigos de su patria, contestó:  “diga usted al general Olañeta que le agradezco su atención pero que no le puedo aceptar absolutamente”.
Después de una pausa, se incorporó de su catre con gran esfuerzo por el dolor de la herida y, con toda la fuerza de la voz que le quedaba, dijo a su segundo en el ejercito: ¡Coronel Vidt! ¡Tome usted el mando de las tropas y marche inmediatamente a poner sitio a la ciudad… y no me descanse hasta no arrojar fuera de la Patria al enemigo! Luego, saludó a los parlamentarios con un seco: “Señores, quedan ustedes despachados” y cayó en el catre.
Todavía le quedaban 5 días de calvario. Los paisanos le trajeron al Doctor Castellanos, pero nada pudo hacer por aliviarlo. La gangrena avanzaba inexorable y los gauchos veían como su general se iba yendo poco a poco con un rictus de dolor que le cambió la expresión desfigurando su rostro joven y varonil.
Cuando Güemes se dio cuenta que la muerte estaba cerca se despidió de todos y cada uno haciéndoles prometer que no descansarían hasta echar al invasor de la patria.
El padre Francisco Fernández lo acompañó y confortó en sus últimos momentos.
El 17 de Junio, casi en agonía le oyeron decir como últimas palabras antes de perder el conocimiento: “Mi Carmen no tardará en seguirme…. Morirá de mi muerte como vivió de mi vida”
A los 36 años, entre sus cerros tan amados, rodeado de la devoción de sus gauchos y con el recuerdo de su compañera se apagó la vida de mi general.
Con él murió el proyecto de la empresa liberadora de San Martín y se perdieron definitivamente las provincias del Alto Perú. La gloria de liberarlas quedó para otros.
Carmen Puch, la Carmen del general, quedó viuda con 3 hijos a los 24 años y perdió las ganas de vivir.
Como profetizó su amante y amado marido, Carmen se fue abatiendo y enfermando hasta refugiarse en casa de su padre en Los Sauces.
Ya no tuvo alivio y se dejó morir. Cortó su espléndida cabellera, se cubrió con un largo velo negro, se postró en tierra en el sitio mas oscuro de su habitación y allí permaneció, sola, muda, insensible al llanto de sus afectos, hasta su muerte.
Como lo anticipó el general…, a 10 meses de su muerte, el 3 de abril de 1822, Carmen Puch, la más bonita de Salta, la Carmen del general… murió de su muerte como vivió de su vida.
Elegí contarles esta historia hoy a modo de homenaje por su aniversario pero además, porque me parece una bella historia de amor .
Tuve necesidad de algo bello y altruista porque la estética de esta semana que pasó me dio vergüenza y mucha pena. Infinita pena, tanta como la que provoca la conciencia por sentir que hacemos pagar por nuestros errores a los inocentes de todo pecado. A los niños por nacer.
Una diputada dijo: “Esta es una moda de mujeres ricas… que no hablan con mujeres pobres” ¡cuánta razón tiene!
Juan Martín Perkins.

 




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